jueves, 8 de octubre de 2009

Diversidad y medios de comunicación

Por María Rachid *

Salvo algunas excepciones y más allá de alguna noticia en la que logramos captar la atención de algunos medios masivos de comunicación –siempre a partir de la creación de algún circo mediático que amerite su difusión- nuestras voces no están en los medios. Ni la nuestra, ni la de las personas migrantes, ni la de los/as afrodescendientes, ni la de los/as indígenas, ni la de las trabajadoras sexuales, ni la de las personas con discapacidad, ni la de los adultos mayores… Nuestros referentes no son convocados a opinar salvo desde el lugar de lo exótico y desde un interés que nos es casi siempre ajeno.

Nuestras familias no se ven en las series ni películas de ficción, salvo para contar alguna historia sórdida o extravagante. Nosotras y nosotros nos enamoramos, tenemos familias, nuestros hijos e hijas van a la escuela, contamos con encuentros y desencuentros afectivos, problemas económicos y de diván. Sin embargo quizás a mucha gente no se les haya ocurrido pensarlo. Porque nuestras historias son invisibilizadas y nuestras voces son silenciadas por medios que responden, ni siquiera a las mayorías, sino a los intereses de una minoría que genera, a través de éstos, parámetros de normalidad y necesidad que le son política y financieramente convenientes.

A las travestis las llaman “los travestis”, sin importar que para poder ser quienes son: Mariana, Laura, Marcela, “las travestis”, hayan perdido vínculos familiares, el acceso a la educación, a la salud, a un trabajo y a la justicia. Arriesgan hasta sus vidas por su identidad, y aún así no logramos que los medios cambien una letra cuando se refieren a ellas.

Nos exhiben con psicólogos, psiquiatras, médicos, sacerdotes y abogados para hablar por nosotros y de nosotros, reservándonos –a veces- el lugar del testimonio, del objeto de estudio, de lo extraño.

Ser escuchado es un derecho humano. Encontrarse en las voces de otros y otras, es un derecho humano. Mostrar la diversidad en la sociedad nos enriquece y nos fortalece, hace a la construcción de la personalidad y la identidad de las personas. Pero a pocos medios les interesa mostrar la diversidad desde el lugar de lo legítimo y valioso en vez de hacerlo desde lo curioso o el chiste.

Abundan de tanto en tanto las notas sobre lo muy gay friendly que es la Ciudad de Buenos Aires. Le interesa al mercado, a los anunciantes de los medios, pero, en un país en donde todavía no se reconocen todos nuestros derechos, en una sociedad llena de prejuicios y estigmas sobre nosotros y nosotras, hay muchas otras cosas de las que hablar y tenemos mucho más para decir.

Cuando se habla de nosotros/as, porque a veces sí, se habla. Se hacen chistes y ridiculizaciones que estigmatizan y condenan a gran parte de nuestra comunidad a la vergüenza, el miedo y el dolor, y generan una violencia en la sociedad que produce desde la obstaculización en el acceso a los derechos humanos más básicos, hasta crímenes de odio y suicidios.

Qué pasaría si Zulma Lobato fuera presentada como mujer judía o afrodescendiente, en vez de como travesti. ¿Se atreverían ustedes a reírse y burlarse de la ridiculización que los medios hacen de ella? ¿No sería claramente discriminatorio?

Esta es nuestra realidad en los medios de comunicación hoy. Por eso, me parece importante convocarnos a dejar la hipocresía de lado cuando se presenta a la sociedad el tema de los medios de comunicación como un problema entre Clarín y el Gobierno. Todos y todas sabemos que el Grupo Clarín no es un problema de Néstor Kirchner, ni del Gobierno, ni del oficialismo. El Grupo Clarín –utilizándolo como paradigma de los monopolios de comunicación- es un problema para todos los argentinos y argentinas, incluida nuestra comunidad.

La actual concentración de medios no garantiza la libertad de expresión, sino todo lo contrario, concentra y homogeniza un discurso que discrimina y estigmatiza a las diversidades sexuales, como también lo hace con otros grupos y colectivos sociales.

Por eso quería compartir mi opinión sobre el proyecto de medios de comunicación que hoy se debate en nuestro país, un proyecto de ley que se propone poner fin al Decreto-Ley de radiodifusión 22.285, firmado por Jorge Rafael Videla, Albano Harguindeguy y José Alfredo Martínez de Hoz. Poner fin a una norma que tanto ha beneficiado a los monopolios como Clarín y La Nación. Porque, aunque fue modificada varias veces, estas modificaciones sólo profundizaron la concentración monopólica empresarial del sector. La Ley -hoy vigente- nunca consideró a la comunicación como un derecho ciudadano o patrimonio público, sino como una actividad comercial y económica.

La Ley de Radiodifusión es una ley de la dictadura. Como lo son los Códigos de Faltas y Contravencionales que criminalizan la homosexualidad y el travestismo en nueve provincias argentinas. No podemos seguir tolerando normas creadas por un régimen fascista, para un régimen fascista… ¿Puede ser que nos quieran hacer creer que la normativa que reguló la política de comunicación de la dictadura de Videla es mejor a cualquier proyecto de la democracia? No nos subestimen.

No quieran, por favor, en nombre de la libertad de expresión, perpetuar ni un día más la represión sobre nuestras voces y la estigmatización de nuestra comunidad. No nos digan que este congreso, compuesto por legisladores y legisladoras elegidas por el pueblo por el mandato que la Constitución Nacional determina, no es legítimo para terminar con los monopolios mediáticos. No nos subestimen.

No pretendan, como artilugio ante una posible derrota, hacer modificaciones al proyecto que lo tornen ineficaz o lo vacíen de contenido. El artículo 161, por ejemplo, propone como plazo un año para que se desarmen los monopolios. Nos hablan de “seguridad jurídica” –argumento por excelencia de quienes quieren conservar el poder o de quienes por interés o temor defienden a quienes quieren conservar el poder- para llevar el plazo a tres años y así poder, con otro gobierno, desbaratar la medida a favor de los grupos que hoy concentran la mayoría de las licencias. Votar en contra del art. 161 y votar en contra de la nueva ley de medios, es prácticamente lo mismo. No nos subestimen.

Un porcentaje importante de las licencias para las organizaciones de la sociedad civil: asociaciones, cooperativas, organizaciones de los trabajadores y trabajadoras, un mayor rol del Estado en el control de los medios de comunicación, un porcentaje necesario de producción nacional que genere trabajo, la observación del cumplimiento de los convenios colectivos de trabajo del sector, no son más que las iniciativas que muchos movimientos sociales y políticos venimos reclamando desde hace años.

No puede negarse que esta propuesta es un paso hacia adelante cualitativo en la comunicación democrática. Pueden faltar avances, pero seamos sinceros, esta propuesta no plantea ni un sólo retroceso.

Esperamos que esta nueva ley, tan esperada y tan demorada y bastardeada por los intereses de los poderosos de siempre, permita que surjan nuevos medios y nuevas voces. El respeto a la diversidad no es compatible con monopolios que concentran la comunicación y hegemonizan los discursos.

En vísperas del bicentenario de la fundación Argentina esperemos que nazcan nuevos medios para que se puedan expresen las voces silenciadas desde hace décadas, como la voz de las lesbianas, los gays, los bisexuales y la voz del colectivo trans, integrado por travestis, transexuales y transgéneros. Que surjan nuevas voces que promuevan un modelo comunicacional y cultural que respete y celebre la diversidad sexual, y otras diversidades, voces que informen y formen en el respeto de los derechos humanos. Porque la diversidad no es un dato nuevo, es una característica de nuestro país que se nutrió de inmigrantes y refugiados. Entenderlo así nos debe permitir construir los canales de comunicación y la democratización de su acceso para que se exprese el pluralismo social y cultural que históricamente nos caracterizo como país. Argentina será un país mucho mejor si permite la expresión de las diversidades.

* María Rachid es Presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans
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